
“Aunque no lo veamos, el sol está”
(Marilina Ross)
En memoria de aquellos y aquellas sobrevivientes que, arriesgándose y en silencio, decidieron sostener la vida en medio del terrorismo de Estado y hoy nos entregan su legado mientras se preparan para partir: la solidaridad al otro es el primer continente por conquistar si lo que queremos es cambiar el mundo.
“Seguramente, ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las antenas de Radio Magallanes. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas un castigo moral para quienes han traicionado su juramento: soldados de Chile…
Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.”
El pueblo, al que apela Salvador Allende en medio del Palacio de Gobierno en llamas y la traición, supo durante 16 años lo que significó la persecución, el hostigamiento, la tortura, la desaparición y el exilio. El cuerpo y la sangre individual y social, de lo que ocurrió y de lo que perdura, son el testimonio vivo de cómo se quiebra un proceso social, cómo se derrumban los lazos y las amistades, las familias y las marcas entre generaciones, la vida misma y sus proyectos. La violación sistemáticas a los derechos humanos es aún un tema pendiente en Chile y en el resto del continente.
Es cierto. Todo eso es cierto. Ya nadie puede decir en nuestro país que en la Dictadura de Pinochet no se torturó; que las y los detenidos desaparecidos son un invento; que las mujeres y hombres enloquecidos por el dolor, así como las voces de sus hijas, hijos, nietos y nietas son una estrategia de la izquierda. Nadie lo puede negar. ¡Fue! ¡Está siendo aún hoy!
Esas experiencias e historias son reales y aún nos duelen. Son necesarias de conmemorar, de conocer y juzgar: hacer las cosas de otro modo para que nunca más. Verdad, juicio y castigo a los culpables! Sin embargo, son tan reales y humanas como las historias invisibles y desobedientes que se mantuvieron atentas y amables en las sombras. Apoyaron la lucha contra la dictadura en el movimiento de fuerza por su derrocamiento. La apoyaron, también, en la dimensión de dar dignidad a la existencia del otro, del y la vulnerada por la violencia. Miles de manos silenciosas y gestos humanos hicieron mucho en ese sentido. Algo crucial y gravitante de lo cual aún sabemos muy poco. La dignidad de la solidaridad, de la lealtad, de ser capaces de dar refugio y calma a un extraño, de abrir una casa para resguardar a alguien por una semana, de prestar una atención médica clandestina a un herido, de llevar un papelito con un mensaje al salir de la cárcel, de acompañar a otro a buscar a sus seres queridos: a su padre, a su madre, a su hijo, a su hija, a su nieto. Una vieja amiga que escondió a quienes eran perseguidos en su casa durante esos 16 años, sin hacer elogio de sus acciones, tiene en su mirada el recuerdo de esas personas desconocidas que habitaron el seno de su hogar. Sabe que cada una de ellas se llevó ese silencio cómplice sin preguntas, sin exigencia, excepto una: estamos acá.
Y tú ¿Dónde estás?
Conmemoración de los 46 años del Golpe Militar en Chile.
Miércoles 11 de septiembre de 2019. Colegio Latino Cordillera. 19.00 hrs.



